Seni Seviyorum

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sábado, 23 de agosto de 2014

Capítulos 1 al 4

CAPITULO 1

Aurelia.    El nuevo proyecto

Enero1, 2014.
Año nuevo, proyecto nuevo. He decidido que mi próxima novela erótica se tratará de BDSM, sigla formada con las iniciales de las palabras: Bondage; Disciplina y Dominación; Sumisión y Sadismo; y Masoquismo.
He escogido este tema porque una de esas “S”, es mi favorita; la del “Sadismo”. Hasta ahora, esa siempre ha sido una inclinación muy natural en mí, aunque salvajemente amateur y autodidacta; precisamente por eso, decidí ahondar un poco más en este tema. Quizás en esto del BDSM, encuentre la forma de encausar mis particulares gustos sádicos y dominantes, en mi intimidad con los hombres.
Cuando comencé mi vida sexual a los dieciséis años, hacía con mis noviecitos de colegio cosas cuyos nombres ni siquiera sabía, y que años después me vine a enterar, podían englobarse dentro del escondido mundo de la Dominación y sumisión, abreviado por quienes lo practican, con la sigla D/s., y más particularmente en el Femdom, la para mí muy excitante dominación femenina.
Yo disfruto haciendo sufrir a los hombres… el verlos retorcerse y gemir de dolor me excita salvajemente…
¿Que soy un monstruo perverso? ¡Claro que sí! Hay algo de eso dentro de mí, pero tendré que fingir no serlo para que me admitan en este mundo que pretendo explorar, porque las personas que practican el BDSM, a diferencia de lo que la mayoría piensa, por lo que he leído parecen muy maduras, responsables y respetuosas con los demás. Yo no soy nada de eso, así que jamás podría llevar una relación BDSM con todas las de la ley, (su ley); existen demasiadas reglas para mí gusto. Es mucho lío eso del contrato, y estar pendiente de lo que el sumiso acepta o no acepta; ningún hombre merece tanta consideración.
Además, ¿qué gracia tiene el castigar a alguien que disfruta siendo castigado? A mi parecer, eso del “consenso” le quita diversión al asunto, y no es válido para mí. Quizás por esa razón, jamás he tenido ninguna relación que me dure más de un día, ¡soy virgen emocionalmente! Pero sólo en ese aspecto, debo aclarar… Mi corazón está invicto en los tórridos y utópicos campos de batalla del amor, y quiero mantenerlo así ¡eso del amor me importa una mierda! El sexo desenfrenado, sin sentimientos, libre y directo ¡eso es lo mío!
Mi concepto de los hombres se arrastra por el suelo; considero que para lo único que sirven espara obtener de ellos todo el placer que yo quiera, hasta quedar satisfecha, y luego desecharlos igual que un vaso plástico, que se tira a la basura cuando ya está vacío…
Cuando me pongo a pensar en mi relación ideal, sueño con tener un esclavo para usarlo cuándo y cómo yo quiera, sin preocuparme del lío sentimentaloide de una relación normal. Haría lo que me diera la gana con él, sin tomar su opinión en cuenta ni en lo más mínimo.
Sonrío al fantasear con esta idea… pero sé que es sólo una mera ilusión, porque estoy convencida de que no existe en este mundo, el hombre capaz de soportarme ni por todo el oro del mundo. Mucho menos ninguno sería tan estúpido como para enamorarse de mí, pero sonrío con desprecio a este pensamiento porque el amor sólo existe en la mente de los ilusos optimistas, fans de los cuentos de hadas, y los milagros de navidad.
Yo soy más realista, piso tierra firme; sé que jamás amaré a ningún hombre, ni tampoco ninguno podrá amarme, y no me sorprende descubrir que eso no me importa en lo más mínimo, así que…
- ¡Señora Aurelia, señora Aurelia! –la voz de Toro, mi chófer, suena bastante alarmada.
Dejo de teclear mis notas en el ordenador y le respondo con un fastidiado grito.
- ¡Pasa! –mi chófer entra con cara de urgencia-. ¿Por qué me interrumpes? ¡Te he dicho mil veces que no toques tan fuerte la maldita puerta, no soy sorda!
- ¡Disculpe, señora, es que Zorzal se cayó de una de las palmeras más altas!
- ¡Mierda, llama a una ambulancia!
- Ya lo hice, pero me dijeron que están sobrepasados porque hubo un choque múltiple y…
- ¡Entonces súbelo a la Plateada, rápido, vamos a llevarlo a la clínica!
- ¡Sí, señora!



                          CAPITULO 2


                         Ghálib.  El hermano 


Entré corriendo a la clínica, con el corazón desbocado… Mine se retorcía de dolor en mis brazos, y volé hasta la recepción:
- ¡Señorita, mi hermana necesita atención urgente, sufre de angioedema hereditario, tiene inflamada la garganta, casi no puede respirar!
De algún lado llegó un auxiliar con una silla de ruedas y dejé a Mine allí con cuidado, para sacar los papeles que siempre llevo a todas partes; se los tendí rápidamente a la recepcionista:
- ¡Aquí está su historial clínico y el tratamiento indicado por su médico! –le digo atropelladamente, con la angustia matándome al ver como aumenta a cada segundo la inflamación en el cuello de Mine, mientras la encargada de esa lujosa clínica de Viña del Mar, examina con lenta frialdad los papeles.
- Este tratamiento es muy poco común, además de muy costoso, señor –me dice al fin,¡como si yo no lo supiera!-. Debería llevarla al centro asistencial en donde se atiende habitualmente.
- Somos de Santiago –le respondo con urgencia-, estábamos en el funeral de nuestros padres cuando le vino la crisis, y este es el lugar más cercano… ¡Mine! –caigo de rodillas junto a la silla de ruedas, al ver que pierde la consciencia, asfixiada por el gigantesco edema en su garganta-. ¡Mine, por favor, resiste!–salto de vuelta a la recepción, de reojo veo que mis gritos sobresaltan a una joven que acaba de acercarse a pagar su cuenta con la otra recepcionista, algo me llama poderosamente la atención en ella, pero mi razón está por completo concentrada en salvar la vida de Mine-. ¡Por favor, ingrese a mi hermana!–ruego desesperado, no puedo perderla a ella también, ¡me quedaría solo en el mundo!-. ¡Necesita el tratamiento ahora mismo!
- Deme su tarjeta de crédito para ingresarla –me tiende la mano la recepcionista, pero yo no tengo nada que entregarle-. No tengo… -balbuceo sintiéndome miserablemente pobre, y creo percibir que esa belleza a mi lado se vuelve a mirarme como a un bicho raro; enrojezco a más no poder, de vergüenza.
- Si no tiene cómo pagar, le recomiendo que la lleve a la asistencia pública de emergencia–me dice con inhumana frialdad la recepcionista.
No suelo ser exaltado, pero la desesperación me hace explotar en iracundos gritos:
- ¡No llegaría con vida a otra parte! ¡¿No ve que se está asfixiando?! ¡Por lo que más quiera, no pueden dejarla morir sólo porque no tengo una maldita tarjeta de crédito!–me encontré vociferando a todo pulmón, y percibo como saetas las miradas reprobatorias de las demás personas que estaban en la recepción.
 El silencio reina incómodo por unos segundos, hasta que de pronto lo rompe una voz cristalina, y bastante enérgica a la vez:
- Yo pago su cuenta –pronuncia aquella joven junto a mí.
Me vuelvo de un respingo a mirarla.
- Sí, señorita, por supuesto –la recepcionista se vuelve toda amabilidad ante el dorado brillo de su poderosa tarjeta, que conjura una atención instantánea.
No sé de dónde aparecen un auxiliar con una camilla y una enfermera, y en un segundo Mine rueda a toda velocidad hacia el interior de la lujosa clínica. Corrí junto a la camilla.
- ¡Vas a estar bien, tranquila mi palomita [1]!–le digo sujetando su mano, aunque ya no puede oírme porque está desmayada.
La enfermera me detiene como un jugador de rugbi en la puerta batiente y me devuelvo a la recepción. Ahora, con la tranquilidad de que mi hermana ya está siendo atendida me fijo mejor en mi salvadora, que firma unos papeles del pago de mi cuenta, supongo.
¡Alá, es guapísima! Su piel bronceada por el sol tiene un maravilloso tono dorado, su rubio cabello  brilla como los mismísimos rayos del astro rey, cayendo en fina y lisa cascada hasta sus hombros desnudos, lleva un entallado y breve peto de brillante tela dorada, que junto a un blanco pantaloncillo corto, resaltan las magníficas curvas de su figura, tan esbelta, tan elegante, me pareció irreal… hecha de oro puro, más que una princesa, más que una reina, ¡una diosa dorada!
Siempre he pensado que la mujer es el ser más valioso de la creación, pero jamás me pasó antes el declarar “diosa” en mi corazón a ninguna mujer. Es que hay algo muy especial en ella, un aire de belleza inalcanzable del que ella tiene plena consciencia. La confianza en sí misma la rodea como un aura sobrenatural casi visible, su perfume llega hasta mí apasionadamente dulce, me envuelve en una exquisita espiral y al ir aproximándome siento que se trastocan mis sentidos y se disparan a mil por hora los latidos de mi corazón… ¡Alá, creo que esto es lo que llaman amor a  primera vista!
Respiro hondo, intento serenarme, aterrizarme en mi realidad… yo estoy en la ruina, visto un traje pasado de moda que era de mi padre y según lo que he aprendido de las damas que frecuentan el Club Árabe de Santiago, donde bailo los fines de semana, estoy seguro de que esta hermosa diosa viste diseños exclusivos, de más de dos millones de pesos [2], sin contar las joyas de oro y diamantes que brillan sobre su hermosa piel bronceada…
Ella pertenece a un universo a años luz de mi alcance… Es millonaria, y yo no tengo en los bolsillos más que unos pasajes de regreso a Santiago. La abismal diferencia social me abofetea y me restriega en la cara mi pobreza, me grita sin piedad que no merezco ni siquiera mirarla, sin embargo, es tan increíblemente hermosa,que no escucho razones, y me pierdo en su infinita contemplación…
De pronto ella termina de firmar los papeles y sin mirarme siquiera, me da la espalda y se marcha. ¡No…! Me asalta la angustia al pensar en que quizás no vuelva a verla jamás, y me lanzo tras ella.
- ¡Señorita, porfavor…! –la llamo acercándome rápido.
Se vuelve bruscamente y sus ojos me detienen de golpe; son increíblemente hermosos, como de oro puro fundido, pero relampaguean con intensa agresividad al clavarse en los míos.
- ¿Por qué me gritas? ¡No soy sorda! –me espeta indignada, y parpadeo abrumado; no creo haberlo hecho, apenas levanté un poco la voz al llamarla.
- Discúlpeme… -musito-, sólo quería darle las gracias, ¡le pagaré hasta el último peso!
- ¿Te he pedido yo que me pagues algo? –me lanza en un tono bastante arrogante.
Su intensa mirada me recorre como un escáner de arriba abajo, y no sé por qué, ¡me siento desnudo ante ella! El calor me sube hasta el rostro, y me sofoco dentro del traje demasiado grueso para la época, resoplo disimulado, me suelto un poco la corbata.
Ella sonríe con maliciosa superioridad al darse cuenta del efecto de su mirada escrutadora sobre mí, y continúa un poco más condescendiente:
- No me debes nada, olvídalo –hace amago de marcharse de nuevo.
Tanto el tono de su voz como su poco interés de hablar conmigo me hacen sentir muy humillado, como un mendigo de quien no se espera que devuelva la moneda que se le arroja al vaso.
- No, espere por favor -insisto, la porfía es un defecto que en mí alcanza el grado de virtud-, claro que le debo algo, ¡la vida de mi hermana ni más ni menos! Jamás podría olvidarlo.
- Nadie merece morir por no tener dinero para pagar una puta cuenta médica –me responde ella con soltura, sin importarle que la recepcionista oiga su despreciativa opinión-. La cuenta está pagada hasta que tu hermana sea dada de alta –me informa y de nuevo quiere irse.
- Pero yo… -avanzo tras ella y al notarlo se vuelve fastidiada.
- ¿Tú qué…? ¿Insistes en pagarme? ¿Acaso tienes cómo hacerlo? –me hiere el brillo tan despectivo que asoma en sus ojos de oro y al mismo tiempo veo que un fornido tipo de traje y corbata gris con aspecto de guardaespaldas, se aproxima como una tromba con una mirada asesina muy fija en mí.
Ella parece adivinar su llegada por detrás y un simple gesto de su fina mano basta para salvarme de la embestida de ese toro furioso, que se petrifica como una mole tras ella.
- Está bien –me concede la hermosa diosa-, si quieres hacer algo por mí avísame si sabes de algún buen jardinero, el mío acaba de romperse una pierna –saca una tarjeta de su abultada billetera y me la tiende con mano grácil.
Me apuro en recibirla, y le contesto sin pensarlo:
- Yo puedo trabajar para usted, así podría pagarle, estudié dos semestres de paisajismo…
Ella alza las cejas mirándome yo diría que entre ofendida y divertida.
- ¿Dos semestres? –repite y aunque no sonríe me da la impresión de que se burla de mí-. Vaya, eso es muy interesante pero tengo un jardín temático con plantas y flores muy exóticas, que con tu escasa preparación tardarías menos de un mes en aniquilar. Llámame si sabes de algún jardinero profesional –concluye y se da la vuelta.
Esta vez no pude insistir en seguirla porque la mole se atravesó cortándome el paso; miré por encima de su hombro y la vi traspasar la salida. Luego el tipo me dedicó una sonrisa burlona y se marchó tras ella.
¿Qué fue todo esto? Me quedé un momento sumido en la intensa y estremecedora sensación de haber encontrado a mi alma gemela, mi legendaria “otra mitad”, que algunos con menos fortuna se pasan la vida buscando, sin hallarla jamás…
Una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo ante la idea de perderla, reaccioné y salí corriendo de la clínica, justo a tiempo para verla subir a una imponente camioneta [3] 4x4 doble cabina con pick up, de color plateado. El hombre que me atajó, le abrió solícito la puerta de atrás y luego corrió al volante; era su chófer.
La camioneta partió, escapando del espacioso estacionamiento con vista al mar, y una extraña sensación de vacío me horadó el corazón al verla alejarse, ¡qué locura! Como si la conociera de toda la vida, y no pudiese soportar seguir viviendo sin volverla a ver.
- Quizás nos conocemos de otra vida…-susurró mi alma-, y estábamos destinados a encontrarnos de nuevo, justo aquí, justo en este día…
Sumido en esas inexplicables sensaciones, mis ojos bajaron hasta la tarjeta que me dio: “Aurelia Ardent, Escritora…”
- Aurelia… -pronuncié su nombre, y mi corazón se escapó detrás de ese punto plateado, ya sumido en aquel río de vehículos que serpenteaban por la avenida, frente al mar.


أنا أحبك

Terminé de sellar la última caja y la dejé junto a la puerta.
El cansancio del alma vuelve lentos mis pasos, mientras miro en torno mi antigua casa familiar, convertida en vacías habitaciones con eco, tan triste y silenciosa… Parecía llorar igual que mi corazón en esta inevitable despedida.
Qué amargura, resumir toda una vida de recuerdos familiares, dentro de unas pocas cajas de cartón…
- ¿Esta es la última? –me sobresaltó Jamil, al entrar de pronto.
Jamil Jasir es mi amigo de toda la vida, crecimos como hermanos, jugando en el Club Árabe mientras nuestros padres participaban de las ostentosas cenas de beneficencia, en la época en que mi familia era una de las más adineradas de la colonia Árabe en Santiago.
- Gracias por venir a ayudarme, eres el único amigo que me queda –le dije con pesar-. Los demás escaparon de nosotros como de la plaga, desde que quedamos en la ruina por la enfermedad de Mine.
Jamil alzó la pesada caja:
- No son malas personas –me respondió, todos le tenían mucho aprecio a tus padres.
- Sí, pero casi nadie fue al funeral.
- Quizás fue porque lo hiciste fuera de Santiago, allá en Viña del Mar.
- No me quedó otra opción, el mausoleo familiar de mi abuela materna era la única alternativa; no podía pagar una sepultura nueva aquí en Santiago –desolado, me dejé caer en el sofá, ahora cubierto por una fantasmal tela blanca.
Jamil dejó la caja en el suelo y se sentó sobre ella con un suspiro.
- ¡Ay, amigo! Te veo tan abatido, ¡y yo sin poder ayudarte!
- Bastante haces con guardarme estas cosas en tu sótano.
- No es nada, no ocupan mucho espacio. ¿Y el resto de las cosas?
- Sólo podemos llevarnos nuestros efectos personales. Todo lo demás, muebles, electrodomésticos, ¡todo se va a subasta pública, junto con la casa! Fue de mi familia durante más de cien años, desde que mis antepasados llegaron desde el Medio Oriente… ¡y yo no pude hacer nada para conservarla! Mi padre le debía dinero a la mitad de Santiago, por los gastos de tratamiento de Mine. Lo que se obtenga en la subasta pública no pagará ni la cuarta parte de la deuda total. Tengo suerte de que no me metan en la cárcel; mi situación es desesperada, ¡no tengo a dónde ir!
- Quisiera poder recibirte en casa, pero ya sabes que vivo con mis padres y…
- Lo entiendo, no te preocupes.
Tras unos segundos de silencio, en que yo sentía que el mundo se me desmoronaba encima,  Jamil me confesó avergonzado:
- Le tienen miedo a la enfermedad de Mine.
- No es contagiosa –repliqué con amargura, aunque entendí muy bien a qué se refería.
- Los gastos son tan elevados –continuó Jamil-, y todos saben que no pudiste terminar los estudios profesionales, no tienes un trabajo muy bien remunerado, y en caso de agravarse Mine, saben que si te reciben en su casa, tendrían que ayudarte con las cuentas médicas.
Asentí en silencio:
- Por eso todos me cerraron las puertas, y ahora, en cuanto entregue las llaves de esta casa, estaremos en la calle. No  puedo darme el lujo de arrendar una casa, porque gastaría los recursos de emergencia que tengo para Mine.
- ¿Y entonces, qué piensas hacer?
Respiré hondo, lo estuve pensado noches enteras sin dormir, desde que me dieron la orden de desalojar la casa.
- Aurelia… -pronuncié, y Jamil me miró con grandes ojos.
- ¿Esa escritora que te pagó la clínica en Viña del Mar, hace un mes?
- Sí. Estuve averiguando en internet, y es una escritora de éxito mundial con sus novelas eróticas.
- ¡Vaya! –sonrió maliciosamente Jamil-,¡esa belleza se las trae, eh! Pero ¿cómo crees que ella pueda ayudarte?
- Le pediré trabajo de nuevo, le rogaré si es necesario. Debe conocer a mucha gente, tal vez sepa de alguien que pueda darme trabajo, o acepte darme una recomendación. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que a Mine no le falte nada.
- Pero, ¿no te parece una idea un tanto arriesgada, Ghálib? Viajar ciento cuarenta kilómetros, ¿sin saber siquiera si te recibirá?
- Sé que parece una locura, pero hay algo que me atrae hacia ella…
- ¡Su dinero!
Lo fulminé con la mirada, aunque sabía que sólo bromeaba, y él continuó:
- ¡Su belleza, entonces! ¡Te enamoraste de ella a primera vista!
Me removí incómodo, no podía darme el lujo de pensar siquiera en el amor, en la situación tan extrema en que me encontraba.
- Su buen corazón –le aclaré-. Nadie pagaría la elevadísima cuenta médica de un desconocido, sin pedir nada a cambio como ella lo hizo, sin poseer un corazón muy bueno, noble y altruista. Por eso creo que es una persona muy buena, y confío más en su posible ayuda, de lo que ya he visto que no puedo confiar en los antiguos amigos de mis padres.
Jamil negó con la cabeza, se puso de pie y alzó la caja.
- Me sigue pareciendo arriesgado de tu parte, ¡un salto al vacío!
Un salto al vacío… repetí en mente, y mi fobia extrema a la altura me hizo cosquillear el estómago de sólo imaginar esa escena. Pero eso era precisamente lo que yo pretendía; un salto al vacío y sin paracaídas…
- ¿Nos llevarías al terminal de buses, Jamil?
- ¿Ahora mismo?
- Dentro de una hora. Mine todavía está dormida. Le llevaré el desayuno, y trataré de que la despedida de nuestra casa no la afecte demasiado. Las situaciones de estrés le disparan las crisis–pronuncié con el alma dolida, por no poder darle estabilidad a mi hermana, después del terrible trauma del accidente de nuestros padres, ¡era demasiado sufrimiento, para una niña tan pequeña!
Sólo tiene diez años, y su vida ha sido un doloroso infierno los seis últimos años, desde que se desató esa enfermedad en su organismo al cumplir los cuatro años.
Jamil me sacó de esos angustiosos pensamientos:
- Entonces voy a casa a descargar la camioneta, y vuelvo por ustedes.


أعشقك

Dejé a Mine sola en una pensión, cerca del Terminal de Buses de Viña del Mar, y eso me tenía muy nervioso, aunque se veía tranquila y me aseguró que se sentía muy bien. Le pedí mil veces a la señora de la casa, que por favor estuviese mirándola de vez en cuando, y gasté en un taxi para llegar más rápido, o habría tenido que caminar, porque descubrí que ninguna locomoción colectiva llegaba ni cerca de aquella exclusiva zona residencial de Reñaca.
- Aquí es –me avisó el chófer, deteniéndose en lo más alto de la colina con vista panorámica al azulísimo Océano Pacífico.
Miré el elegante portón de la propiedad, cercada por un alto muro que acaparaba toda esa calle a lo largo, ocultando el interior tras su sólido y gris concreto. Por un segundo se me cruzó por la mente el muro del gigante egoísta del cuento…
Bajé rápidamente y ya frente al botón del portero eléctrico me asaltaron mil inseguridades…¡Alá!, esta idea parecía mucho mejor allá en Santiago.
Pero qué puedo hacer, ya estoy aquí así que debo seguir adelante. Apreté el botón con determinación, como si fuese el interruptor que abría la puerta hacia mi última esperanza.
- ¿Sí, diga?–contestó una brusca voz masculina.
- Buenas tardes, ¿podría ver a la señorita Aurelia Ardent, por favor?
- ¿Tiene cita con la señora Aurelia?
¿Señora?, me extrañé porque leí en internet que era soltera… ¡Una cita! Debí llamar antes. Supongo que lo evité inconscientemente, temiendo una negativa.
- No, no tengo cita pero es muy urgente, por favor podría decirle que...
- ¡La señora no recibe a nadie sin cita previa! Llame a su encargado de relaciones públicas, hasta luego –la voz metálica fue tajante y el comunicador quedó en silencio.
Parpadeé mirando ese cuadrado metálico que me arrojó tan violenta negativa y giré en torno, sintiéndome abandonado en medio de esa solitaria calle de exclusivas propiedades, que tras sus altos muros albergaban a personas sin urgentes angustias económicas como las mías.
¿Qué hago ahora? Saqué la tarjeta que ya estaba gastada tras traspasarla de bolsillo en bolsillo por un mes. Mi celular [4 teléfono móvil] pasó hace rato a la categoría de recuerdo; primero no podía comprarle minutos y por último se le murió la batería. Ni soñar en comprar otro con todo el dinero de la familia enfocado en salvar la vida de mi hermanita, es un lujo que no puedo darme. Tendré que bajar a pie de vuelta al centro de Reñaca, para buscar un teléfono público.


CAPITULO 3


Aurelia.    La idea


Febrero 3, 2014.
He adelantado mucho en mi investigación respecto al mundo del BDSM. Quiero participar en una reunión, pero en el país no hay esperanzas cercanas, por lo que tendré que buscar en Colombia o España. Allá son más comunes pero me di cuenta de que filtran bastante a sus asistentes.
Si consigo ir a una de esas reuniones me gustaría llevar a mi propio sumiso para ser más creíble, pero no confío en nadie para semejante trabajo, porque si llevo a uno de esos tipos a los que suelo contratar para divertirme, se podría filtrar la información de mi nuevo proyecto.
Además, no quiero que descubran quién soy y luego tener que lidiar con sus posibles chantajes para evitar escándalos faranduleros. Mis gustos privados no deben salir a la luz, ya basta y sobra con lo que dejo vislumbrar sutilmente en mis novelas. A veces la realidad es más extraña que las más locas fantasías, y sé que mi realidad los escandalizaría demasiado…
Algo que me sorprendió mucho al conocer más sobre el BDSM, es que incluí varias cosas sin saberlo en mis primeras novelas de hace cinco años atrás; palabras, métodos, órdenes, reglas… ¿de dónde las conocía? De alguna vida anterior yo creo y además...
- ¿Qué diablos?–la luz roja de la línea uno del teléfono está palpitando como loca hace rato y aunque la tengo sin sonido me distrae, ¡odio que me distraigan cuando trabajo! Aplasto con rabia el botón y habló por el altavoz-. Lobo, ¿qué pasa? ¿Quién mierda llama tanto?
- Disculpe, señora Aurelia, es un tipo que insiste en hablar con usted. Le ofrecí una cita para después pero dice que no puede esperar, que es muy urgente. Toro dice que estuvo en la puerta tocando el timbre hace un rato.
- Deshazte de quien sea ese es tu trabajo, o avísame si no eres capaz de hacerlo para encontrar a otro encargado de relaciones públicas con más habilidades.
- Sí, señora, perdón yo me encargo.
Corto la comunicación y resoplo fastidiada, ¡perdí el hilo de mis notas! ¿Quién insistirá tanto en verme? Hago aparecer las cámaras de seguridad en mi ordenador y busco las grabaciones retrocediendo el tiempo, hasta que encuentro a alguien afuera del portón… detengo la imagen y miro más de cerca la pantalla.
- ¡Ajá, así que eres tú! –reconozco al atractivo hermano de la niña a la que le pagué la cuenta en la clínica hace un mes-. No creo que vengas a pagarme.
Me río ante esa idea porque se nota que no posee muchos recursos; viste de nuevo uno de esos anticuados trajes que parece haber heredado de su abuelo. Se vería mucho mejor sin esa chaqueta tan gruesa y sin esos pantalones tan pasados de moda que le quedan tan sueltos… en realidad, ¡se vería mucho mejor desnudo! Atisbo un físico espectacular debajo de ese atuendo desastroso, es casi una herejía cubrir así semejante cuerpo. Yo lo vestiría con un Kiton o un Armani  hecho a su medida, ¡uau, se vería espectacular! Luciría en todo su esplendor esa fabulosa estampa, mezcla de modelo de alta costura y sexy gladiador.
Aunque, me gusta más la idea de verlo vestido de Adán, sin la hoja de parra por supuesto. Me mojo los labios con la lengua, de pronto me acaloré, ¡este verano está muy caluroso!




                     CAPITULO 4


                     Ghálib.  Desesperado


Mis llamadas telefónicas no sirvieron de nada y estoy que me derrito de calor después de bajar y subir corriendo a este Olimpo, al que no tiene acceso el transporte de los simples mortales. El abrasador día veraniego me tiene empapado de pies a cabeza dentro de este formal traje, ¡pero aún no quiero darme por vencido!
No puedo, porque mi última esperanza está tras este alto muro de hormigón que me corta el paso, tan implacable como esos tipos que me impiden hablar por teléfono con ella; de seguro ni siquiera le han dicho de mis llamadas. Si Aurelia lo supiera, creo que accedería a hablar conmigo.
¿Sólo tiene hombres a su servicio? Tengo muy buen ángel con las mujeres.
- Puf - apoyado en el muro, me suelto la corbata que me ahoga.
No puedo irme derrotado, abandonando esta única opción para encontrar rápido un trabajo en esta ciudad… Aunque también debo admitir que no se trata sólo del trabajo, desde que vi a Aurelia no he podido dejar de pensar en ella…
¡Alá! Me siento culpable de sólo permitirme estos sentimientos, en medio del mar de problemas que me ahogan. Quizás debí quedarme en Santiago en vez de traer a Mine aquí, a la aventura. Pero también es cierto que en Santiago todos me dieron la espalda.
- No, ¡no voy a darme por vencido!
Camino con determinación y aplasto a rabiar el timbre del portero eléctrico. Cuando al fin lo suelto, una furiosa voz me grita desde el otro lado del aparato:
- ¡Si no se retira de inmediato voy a llamar a la policía!
 Sabían que era yo de nuevo así que me estaban viendo; retrocedí, ubiqué la cámara de vigilancia y le hice señas:
- ¡Por favor díganle a la señorita Aurelia que soy el hermano de Mine, la niña de la clínica! –y por si acaso la cámara no tenía audio volví a apretar el botón del portero eléctrico y repetí lo mismo a toda prisa.
En respuesta, la rabiosa voz me mandó al diablo con un muy florido arsenal de palabrotas, y al final remató:
- ¡Deja ya de tocar el maldito timbre y lárgate, o voy yo mismo a sacarte a patadas!
- ¡Ven, aquí te espero! –le grité presionando el botón. Nunca he rehuido una pelea, soy muy bueno con los puños; aprendí en los trabajos que he tenido como personal de seguridad en los clubes nocturnos.
Me planté firme frente al portón para vérmelas con ese tipo. Ya  es oficial, ¡nada ni nadie me impedirá llegar hasta Aurelia! me juro con la determinación del desesperado que lucha por su vida, y elaboro mi rápido plan; apenas se abra el portón derribo a ese tipo y corro como loco hasta la casa, quitando de en medio a todo el que se me ponga por delante, ¡hasta lograr que Aurelia me escuche y sepa que estoy aquí! Sólo necesito hablarle un minuto, espero alcanzar a hacerlo antes de que llame a la policía.
De pronto resuena un largo timbre que hace saltar la cerradura, y el portón comienza a deslizarse a un lado… Clavo los ojos en el espacio que va creciendo, listo para pelear con ese tipo que viene a echarme a patadas, pero cuando la abertura del portón me deja mirar hacia dentro me sorprendo al no ver a nadie y en cambio se oye la voz a través del intercomunicador:
- Puedes pasar –las palabras sonaron a gruñido mascullado de pésimas ganas.
Vaya… traspasé al fin ese portal que me llevó a una dimensión totalmente distinta; del calor abrasador pasé al alivio de las frescas sombras proporcionadas por los altos árboles de un extenso parque sembrado de plantas y flores.
Avancé por el ancho camino empedrado, bordeado de añosas palmeras y al contemplar toda aquella exótica naturaleza, de inmediato recordé lo que Aurelia me dijo de su jardín temático. Sin duda era mucho más que eso, ¡era la octava maravilla del mundo en jardines! El prado ostentaba un intenso verdor casi irreal, salpicado de macizos de plantas y flores exóticas que perfumaban el aire con sus embriagadores aromas. A la derecha alcancé a ver un espejo de agua con nenúfares, otro con lotos y más allá de un puente de arco estilo japonés, bajando un suave lomaje se extendía un estanque con cisnes. Del otro lado había varias fuentes de piedra en cascadas, que refrescaban el ambiente con su cantarino sonido, al igual que los bebederos de aves y los estanques con peces dorados. Cómodos asientos, columpios de sillón y hamacas, invitaban a relajarse en medio de aquel bello paraíso que las aves y las mariposas tenían como santuario.
Contemplando todo esto, no me fijé en la casa hasta que los árboles se abrieron frente a mí. Me detuve en el espacioso estacionamiento, mirando la imponente residencia de tres plantas que se alzaba engreída de su perfecto estado de mantención.
Solté un ligero silbido, calculando que cada planta tendría por lo menos unos trescientos metros cuadrados. A su derecha estaba el espacioso garaje y a la izquierda un secundario camino empedrado se desviaba hacia tres acogedoras cabañas, escondidas entre los gruesos árboles del parque que formaban un patio en forma de “U” frente a ellas.
La puerta principal se abrió, alguien se asomó y apuré el paso para ir a su encuentro. ¿Será el mismo tipo que me empapeló a insultos por el intercomunicador? Vestía un traje color beige y no era tan fornido como el chófer; más bien me dio la idea de un modelo de pasarela que ya rondaba los treinta años. El pelo casi rapado disimulaba una incipiente calvicie, sus ojos pequeños tenían un aire de traición.
Subí corriendo los peldaños del porche y por todo saludo él me soltó un seco y muy malhumorado:
- Por aquí.
Lo seguí, y apenas puse un pie dentro de esa casa me sentí intimidado por el lujo desplegado por doquier hasta en el más mínimo detalle; si el jardín era de otra dimensión, esto era parte de un universo completamente distinto que me dio por llamar: “El dorado universo de Aurelia”.
Ese es el color predominante en la decoración que brilla como el oro a donde quiera que mire. La suntuosidad se respira hasta en el aire, o quizás sea el exquisito perfume de Aurelia, que impregna la casa entera...
Seguí a mi mal humorado guía, admirando las bellas obras de arte que cubren las paredes. Cruzamos un espacioso recibidor con suelo de mármol, y una lujosa sala de cielo raso tan alto que sentí vértigo, ¡mi fobia a la altura me hizo bajar la mirada! Nos desviamos hacia una ancha escala también de mármol, muy larga y recta sin descansos. Subimos rápidamente hasta el pasillo del segundo piso que ostenta a ambos lados unas macizas puertas labradas. Al fondo hay una gran puerta de doble hoja, pero nos detuvimos mucho antes, frente a una puerta al lado izquierdo del pasillo.
-Entra sin tocar –me dijo ese tipo con resentimiento y se marchó.
El corazón se me aceleró. Aurelia está del otro lado, al fin volveré a verla…  ¿Se acordará siquiera de mí, después de este largo mes en que yo no he podido olvidarla ni por un segundo?
Tomé la manilla, respiré hondo y pasé.
La luz que brilla a raudales en el amplio ventanal me ciega por un segundo, y parpadeo mientras avanzo hacia el escritorio que creo vislumbrar al fondo del elegante estudio.
Al llegar me quedo de pie entre las dos sillas; allí está ella, sentada con los codos apoyados en su gran escritorio de caoba y la barbilla descansando en las manos que tiene entrelazadas, mientras me observa con interesada curiosidad.
- Salam aleikum –la saludo en la lengua de mis antepasados.
Ella alza las cejas con divertida expresión de sorpresa:
- Vaya, tú sí que tienes sentido del humor; primero armas un escándalo de los mil demonios, interrumpes mi trabajo tocando el timbre como un demente y luego entras aquí tan tranquilo deseándome paz –me reprocha tan altiva y segura de sí misma como la recordaba.
- Lo lamento no quise molestarla pero es que necesitaba hablar urgente con usted, señorita Aurelia, se trata de…
- Señora, llámame señora –me interrumpe tajante; su dorada mirada tiene algo que me hace sentir diminuto.
Es una mezcla de burla y desprecio que nada tiene que ver con nuestra diferencia social, al menos así lo percibo… Es algo que va mucho más allá, es un desprecio tan profundo que ni siquiera alcanza a llegar al odio. A un enemigo se le odia, a un insecto insignificante sólo se le desprecia, tal cual Aurelia me está despreciando ahora con todo su ser.
Acuso el golpe bajando la mirada muy desconcertado; no es el mejor escenario para lo que pretendo pedirle, ¡todo está saliendo muy mal! Quizás sólo debería disculparme e irme.
- Lo siento de verdad, no quise… -musito.
- Está bien eso ya lo dijiste, lo sientes mucho. Ahora avancemos en la conversación… -me doy cuenta de que me mira con lentitud de arriba abajo, y tal vez el verme tan incómodo dentro del formal traje, despierta en ella alguna chispa de compasión-. Pareces acalorado; quítate la chaqueta y siéntate –me ordena en un tono bastante imperioso.
Obedezco casi por reflejo a su autoritaria voz que parece acostumbrada a dar órdenes, y al sentarme frente a ella al fin puedo verla bien, sin el molesto brillo del ventanal. ¡Alá! Es aún más maravillosa de lo que recordaba; su sofisticado maquillaje resalta hasta la locura los hermosos rasgos de su rostro; sus cautivadores ojos dorados atrapan mis sentidos, y creo que se da cuenta porque sus labios, sensualmente  rojos, dibujan la línea de una sonrisa. Su fina nariz se alza arrogante y se echa atrás, apoyándose en el alto respaldo de su cómodo sillón ejecutivo, lo que deja a la vista el desinhibido escote de su ajustada blusa de seda amarilla, que resalta la perfección de sus altivos pechos.
Su movimiento hace llegar hasta mí su embriagador perfume y el tiempo deja de existir. Deseo quedarme así, contemplándola por el resto de mi vida…
¡Mine! El recuerdo me asalta acusador y me siento muy culpable por dejarme arrastrar por mis sentimientos, mientras mi hermanita está allá sola, ¡qué egoísta soy! No tengo derecho a soñar siquiera con enamorarme, y mucho menos de un ser inalcanzable como Aurelia.
- En fin –continúa ella-, ya estás aquí, ¿cuál es la emergencia, se agravó de nuevo tu hermana?
- No, no es eso, ella está bien, gracias a Alá. Se trata de otra cosa…
- Ah, entonces te ganaste la lotería y viniste a pagarme, ¡no te hubieras molestado! Te dije que lo olvidaras, es una suma insignificante para mí y creo que tú necesitas mucho más que yo el dinero.
La miro abrumado y se ríe de mí en mi cara; está disfrutando humillarme, ¿por qué lo hace? No puedo evitar enrojecer, ¡ya es imposible sentirme más incómodo!
- No, no me he ganado la lotería, tampoco se trata de eso –le respondo al fin, pasando por alto sus burlas.
- Bueno, entonces habla de una vez, no me agradan tantos rodeos.
- Lo siento, es que no me resulta fácil… -ella hace un gesto de impaciencia mirando el teléfono, temo que llame a alguien para sacarme de allí, así que me lanzo por fin a mi salto al vacío-. Vine a pedirle trabajo –le suelto de golpe y hablo atropelladamente antes de que me diga que no-, estoy en la ruina, mis padres fallecieron en un accidente de tránsito hace un mes dejando muchas deudas por la enfermedad de mi hermana, y ahora ambos nos quedamos en la calle porque nuestra casa se irá a subasta pública para pagarle a los acreedores, y perdí mi trabajo por no volver a Santiago, cuando Mine estuvo aquí en la clínica…
- Todo eso es muy interesante –me interrumpe con un tono que da a entender todo lo contrario; mis problemas la aburren pero no puedo culparla, soy tan sólo un extraño para ella, que continúa diciéndome-, pero ya contraté a otro jardinero y no tengo ningún puesto disponible para ti. Lamento que hayas perdido el viaje y que me hayas hecho perder mi tiempo –señala la puerta dando por terminada la entrevista.
¡No! Me siento desolado. Algo no me cuadra; el mismo corazón generoso que salvó la vida de mi hermana, pagando la cuenta sin ningún interés, no puede mostrarse ahora tan frío e implacable.
- Por favor… -le suplico sin moverme de la silla, aplastando mi orgullo bajo el peso de la necesidad-, quizás podría recomendarme con alguien, algún conocido que pueda darme una oportunidad.
- Dame tu currículum –me tiende la mano pero en su sagaz mirada noto que adivina que no lo tengo.
- No lo traje…
- ¿Vienes a pedirme trabajo sin traer tu C.V. [5]? –su reproche me golpea fuerte porque tiene toda la razón, ¡qué torpe soy!-. ¿Qué estudios tienes? –continúa, creo que compadecida de mi rostro abatido.
- Cursé dos semestres de ingeniería comercial, luego vino la enfermedad de Mine, tuve que dejar la universidad y continué en un instituto, en donde estudié dos semestres de paisajismo pero también tuve que dejarlo; abandoné los estudios definitivamente para ponerme a trabajar.
- ¿En qué has trabajado?
- He hecho muchas cosas; atender mesas en restoranes, seguridad privada en clubes nocturnos, vendedor, cajero de supermercado, labores administrativas, digitación de datos, baile étnico en el Club Árabe de Santiago…
- Sospeché tu ancestro árabe por tu saludo –comenta con un leve toque de ironía.
- Mis antepasados llegaron a Chile desde el Medio Oriente hace un poco más de cien años.
Asiente mientras me mira fijamente, sumida en sus insondables pensamientos, que me mantienen en ascuas por angustiosos segundos en los que casi no respiro, como si de su respuesta dependiera mi vida. Hasta que por fin me contesta:
- Te diré la verdad; sí tengo muchísimos contactos, pero ninguno de ellos contrataría a alguien sin un título profesional. Sus cocineros son chef internacionales, sus niñeras son parvularias universitarias [6], sus jardineros terminaron la carrera de paisajismo, ¿me comprendes?
Respiro hondo sintiéndome inferior y descartable porque no terminé mis estudios superiores. El mundo es injusto; le da menos oportunidades a quienes más las necesitan.
- Entiendo –pronuncio derrotado.
Me pesa tanto el alma que no puedo levantarme de inmediato para marcharme, y justo en ese momento una hermosa gata tricolor de largo pelaje salta sobre el escritorio y se sienta enrollando su cola elegantemente, cerca de mí.
- Qué bonita gata –extiendo la mano para acariciar su sedoso y brillante pelaje.
La gata responde encendiendo su ronroneo y acariciando mi mano con sus bigotes al tiempo que enrosca su plumosa cola en mi brazo.
Al ver esto, Aurelia alza las cejas muy sorprendida.
- ¡Vaya, vaya!–exclama-. Esto sí que es raro, Catalina siempre sale huyendo de los extraños, pero no escapó de ti y hasta te está ronroneando… -me mira con ojos nuevos, veo encenderse una chispa de interés, ¡gracias, Alá, por esta criatura que enviaste a salvarme!-. ¿Cómo supiste que era gata y no gato?
- A Mine y a mí nos gustan mucho los gatos, somos voluntarios de un refugio en Santiago, que se dedica a rescatar y dar en adopción a los gatos abandonados. Allí aprendí que muy raramente nacen machos tricolor por lo general son gatas y...
- ¿Cuál es tu nombre? –me interrumpe y mi esperanza en su ayuda renace como un ave fénix.
- Mi nombre es Ghálib Garib Jaar, a sus órdenes, señora Aurelia –le tiendo la mano pero ella no hace amago de tomarla y en cambio me frunce el ceño.
- ¿Qué nombre es ese? Parece un trabalenguas, ¿qué significa?
- Bueno…. –lo pienso un segundo, nunca antes tuve que explicarle mi nombre a nadie-, Ghálib podría traducirse como “Víctor”.
- Eso está mejor, te llamaré Víctor –me cambia el nombre sin el menor reparo, o más bien sólo me lo traduce-. Bueno, Víctor, déjame tu número de móvil y te llamaré si se presenta algo.
- No tengo  –admito avergonzado-, nos estamos quedando en una pensión pero tampoco sé el número, llegamos hoy a Viña del Mar y necesito un empleo con suma urgencia para arrendar una casa en donde ella pueda estar tranquila. Por favor puedo hacer cualquier cosa, deme una oportunidad ¡haré lo que sea! –ya le ruego abiertamente con toda el alma, avanzando con visible ansiedad hasta el borde del asiento, al mismo tiempo que elevo el tono de voz sin quererlo.
Aurelia retrocede con expresión ofuscada.
- ¡No grites tanto que no soy sorda! –protesta.
Ya me había dicho algo similar en la clínica, aunque en realidad yo no grité, sólo alcé un poco la voz. ¿Algo andará mal con sus oídos?
- Perdón… -bajo la vista y me quedo callado, esperando que me despida de una vez.
Pero los segundos pasan y vuelvo a mirarla; Aurelia me observa fijamente, sus pensamientos parecen bullir a toda prisa aunque son un insondable misterio para mí. Hasta que por fin me dice:
- Ten cuidado con lo que ofreces, Víctor… podrías no ser capaz de cumplirlo.
¿Qué querrá decir con eso? No le entiendo y espero a que continúe a ver si me aclara la idea.
- ¿Así que estás dispuesto a hacer lo que sea? -su mirada es tan penetrante que me siento súbitamente desnudo ante ella y un escalofrío me sacude todo el cuerpo.
- Sí, lo que sea –reafirmo con determinación. ¿En qué estará pensando? Mientras no sea en matar a alguien…
- ¿Qué edad tienes, Víctor?
- Cumplí veinticuatro años ahora en enero.
Aurelia sonríe con un singular relampagueo en sus fascinantes ojos de oro, al decirme:
- ¿No has pensado en probar como modelo publicitario? Tienes un rostro muy hermoso, aunque yo te quitaría esa sombra de barba estilo candado, así resaltarían mejor tus fascinantes y tan claros ojos verdes. Además posees un cuerpo muy atractivo, aunque luciría mucho mejor sin ropa. Ponte de pie.
Parpadeo abrumado por esa lluvia de elogios tan directos; hasta ahora siempre fui yo quién prodigaba halagos a las mujeres, no al revés.
- Ponte de pie –me repite Aurelia con creciente impaciencia-. ¿Estás sordo? –lo hago deprisa, todavía mudo de la impresión y ella va más allá en sus órdenes-. Ahora desnúdate para verte mejor.
- ¿Qué…? –la miro con los ojos muy abiertos, intentando adivinar si bromea. Está muy seria, inescrutable, así que decido preguntarle-. ¿Es broma?
- ¿Es broma que quieres un empleo?
- No, pero…
Me alza las cejas en un claro gesto de ¿y entonces? Se echa atrás en el sillón que da un leve balanceo y se acomoda como para ver un espectáculo, cruzando sus largas piernas doradas con elegancia, mientras los finos dedos de su mano derecha juegan con su gargantilla de oro, yendo y viniendo por el borde de su pronunciado escote.
- Desnúdate –me repite tan natural como si me invitase a tomar asiento-. Podrías ser el modelo para la portada de mi próxima novela pero tengo que estar segura de que tienes un buen cuerpo para recomendarte a mis diseñadores de portada, o a mis contactos de las agencias de modelos. Vamos no tiene nada de malo, ¿por qué te avergüenzas de tu cuerpo, acaso tienes verrugas o algo por el estilo?
- No… no es eso, es sólo que yo… -balbuceo todavía incrédulo. Esto es lo más extraño que jamás me ha pasado en una entrevista de trabajo.
- El cuerpo desnudo es una de las más bellas obras de arte, Víctor –me dice Aurelia en tono de reconvención-. Nadie debería avergonzarse de mostrar su cuerpo y sospecho que menos tú. Vamos quítate la camisa que no tengo todo el día.
Si es sólo la camisa puedo hacerlo. Por lo general bailo a torso desnudo en el Club… Se supone que estoy acostumbrado a que las mujeres me miren pero no sé por qué, ante Aurelia las manos me tiemblan nerviosamente mientras lucho con los pequeños botones de la camisa. Es que hay algo en su mirada, que me hace sentir como el pájaro a punto de ser devorado por la gata… no ¡más bien por la leona! Porque bajo sus largas pestañas, sus ojos tienen un destello salvaje que corta la respiración, aunque no por su agresividad sino por la seguridad que desbordan y que me hacen sentir preso entre las garras de su poderoso y magnético carácter.
Con bastante dificultad logro abrirme los tres primeros botones de la camisa, el cuarto casi sale volando.
- Ya es suficiente –me detiene Aurelia con fastidio, enderezándose en el sillón que rodó de regreso al escritorio-. Sólo quería probar hasta dónde llega tu desesperación por conseguir un empleo, pero ya veo que eres un mentiroso, Víctor. Dijiste que harías cualquier cosa y a lo primero que te pido te vuelves un manojo de nervios, como si fueras un inexperto quinceañero.
- No se trata de eso, ¡me quitaré la camisa! –exclamo deprisa con mi mejor sonrisa, dejando de lado mi tonto nerviosismo.
La abro veloz e intento quitármela pero las abrochadas mangas se traban en mis manos y parezco luchar contra alguien invisible que me sujeta los brazos a la espalda.
Aurelia me observa con atenta y seria fijeza, mientras lucho por liberarme ya rojo de vergüenza por culpa de los antiguos gemelos [7] de herencia familiar que me sujetan las mangas. No la miro pero siento sus ojos escaneando mi torso desnudo muy lentamente, desde el pecho hasta la pretina del pantalón… al llegar allí sus sensuales labios esbozan una maliciosa sonrisa.
- Se me acaba de ocurrir un trabajo mejor que el de modelo para ti -me dice con esa inquietante sonrisa danzando en sus labios-, no tienes ni la más remota idea de lo que quisiera hacer contigo… -sacude la cabeza, ondeando su fino cabello rubio como para espantar alguna idea indebida y luego se pone seria al agregar-. Deja ya de pelear con esa camisa antes de que te zafes una mano. Nunca vi a nadie complicarse tanto por unos putos botones. Creo que eres demasiado inocente para mis planes así que más te vale salir corriendo de aquí de inmediato, antes de saber incluso de qué se trata.
Ahora soy yo quien frunce el ceño.
- No comprendo -declaro desconcertado, mientras me acomodo la camisa.
Aurelia niega con la cabeza otra vez como para sí misma y repone:
- Será mejor que te vayas. Te llamaré si se presenta algo con mis amigos –me indica la puerta.
¿Llamarme? Pero si ni siquiera le he dado un número para que lo haga. En vez de irme, vuelvo a sentarme.
- Pero, usted dijo que pensó en un trabajo para mí –le insisto.
- No me conoces, Víctor, no tienes idea de los rumbos extraños que toman mis pensamientos ni mucho menos mis acciones, así que créeme cuando te digo que estarás muchísimo mejor lejos de mí. Tú pareces una buena persona; yo en cambio no lo soy ni jamás lo seré –afirma tan rotundamente que me deja mudo por un instante.
¿Por qué se descalificará de semejante manera? A mí me parece todo lo contrario:
- Eso no es cierto –se me escapa con fuerza-. Nadie que preste ayuda desinteresadamente como usted lo hizo ese día en la clínica, puede ser una mala persona. ¡Yo sé que usted tiene un corazón muy noble y altruista!
- ¡Ja! –suelta Aurelia una fuerte risa entre sorprendida y divertida-. Eso es lo más gracioso y jodidamente equivocado que jamás nadie haya dicho de mí.
- Por favor –insisto tercamente-, estoy dispuesto a trabajar en lo que sea.
Se queda otra vez mirándome fijamente, después se echa adelante apoyando los antebrazos en el escritorio y por fin me dice:
- Está bien pero que conste que tú fuiste quién insistió –hace una larga pausa que acrecienta la expectación en mí, al punto de hacerme retener el aliento hasta que por fin pronuncia nítidamente cada palabra-. ¿Cuáles tu precio, Víctor?
Parpadeo muy confundido. ¿Oí bien, mi precio?
Aurelia continúa de inmediato:
- Se me antoja poseer un esclavo de tiempo completo pero debe ser alguien serio, discreto y confiable. Estoy dispuesta a comprar tu cuerpo, tu vida, todo tu ser por un mes… ¿Tú estarías dispuesto a venderte?
- Yo… -musito perplejo, desconcertado. Aurelia tenía razón, ¡jamás me imaginé que estaría pensando algo así!
- Dijiste que estabas dispuesto a hacer lo que fuera y yo te contesté que tuvieras cuidado con lo que ofreces, ¿recuerdas?
- Sí, pero yo pensaba en un trabajo común…
- Trabajo es trabajo, ¿y quién marca la pauta para lo que es común o no? Necesitas dinero para mantener bien a tu hermana, ¿sí o no?
- Sí, claro que sí –respondo asimilando la idea y para mi sorpresa también comienzo a considerar la oferta.
- Antes de continuar, quiero que me jures por la salud de tu hermana que aceptes o no, jamás dirás ni una palabra de esto a nadie. Nuestra conversación no debe salir de aquí, ¿lo juras?
La miro fijamente, ¡esto va en serio! Me salta el corazón como al borde de un abismo de fondo desconocido, mientras mi mente racional me aconseja salir corriendo a todo dar.
- Lo juro, no diré nada –pronuncio con la sensación de estar en medio de un extraño sueño.
Aurelia escruta la sinceridad en mi mirada, queda conforme y se lanza a hablar sin reparos:
- Te diré primero lo que te ofrezco: Te pagaré veinte millones de pesos [8] que se depositarán en una cuenta a tu disposición al término del mes. Si cumples bien el contrato hasta el último día, te pagaré además con un exclusivo departamento de ciento veinte millones de pesos [9],en Viña del Mar. Sólo tendrás que pagar tus propios gastos de servicios, porque te lo traspasaré exento de contribuciones de por vida.
¡Ciento cuarenta millones de pesos en total por un mes de trabajo! No puedo creerlo, hago un gran esfuerzo para cerrar la boca y seguir oyéndola.
- Durante el mes de contrato vivirás aquí en mi casa y dispondré una de las cabañas del parque para tu hermana. Contrataré una enfermera profesional para que la cuide las veinticuatro horas del día. Tendrá absolutamente todo lo que necesite para estar bien, no necesitarás preocuparte de ella en lo más mínimo y así podrás concentrarte por completo en tu trabajo.
Una enfermera profesional cuidando de Mine… ¡Alá, el mayor sueño de mis padres y mío, hecho realidad!
- Ahora te diré mis condiciones –continua Aurelia y me estremece un involuntario escalofrío-. Tú serás mi esclavo incondicionalmente, sin derecho alguno. Yo seré tu dueña y podré hacer contigo todo lo que quiera, excepto matarte o causarte algún daño permanente o limitante. Esto va en serio, no se trata de un juego ni aceptaré que lo tomes a la broma; si haces eso o si te niegas a algo o reclamas en lo más mínimo, se terminó el contrato y aunque sea en el último día del mes te irás sin ni un peso, sin departamento, ¡sin nada!, por la cláusula de incumplimiento de contrato que mis abogados detallarán en el contrato que mandaré preparar para que lo firmes, si es que aceptas –hizo una pausa contemplando mi cara de perplejidad y quiso saber-.¿Qué piensas hasta ahora? Si ni siquiera estás dispuesto a considerarlo dímelo de inmediato, para no seguir perdiendo mi tiempo contigo y buscar a alguien más que sí acepte.
Al oír eso imagino salir volando lejos esta excelente  oportunidad para Mine y casi doy un brinco en el asiento.
- ¡Sí, sí estoy interesado! –creo que alcé demasiado la voz.
Aurelia frunce el ceño molesta y me espeta:
- Si llegas a convertirte en mi esclavo, te disciplinaré para que dejes de pegar esos desagradables gritos…
La amenaza me cosquillea por todo el cuerpo… ¿A qué se refiere con “disciplinarme”? ¡Alá! ¿En qué me estoy metiendo?
- No quiero que me contestes de inmediato  –sigue Aurelia-. Piénsalo muy bien durante todo el día de hoy; mira en internet los sitios de bondage para que te hagas una idea, aunque te advierto desde ya que yo no sigo todas esas reglas. Podría hacer algo de eso contigo o cosas muy distintas. Lo que sí debes tener claro es que para ti no habrá  “límites aceptables”, ni tampoco “palabra de seguridad”. Sé que por tu cara de confusión no tienes ni puta idea de qué te estoy hablando pero cuando investigues en la red lo entenderás.
- Yo… no tengo ordenador pero pasaré a verlo en un cíber en el centro -balbuceo intentando recordar esos términos que oigo por primera vez en mi vida. Sé algo del bondage en términos generales pero eso de “los límites aceptables” y la “palabra de seguridad”, tendré que investigarlo. Aunque no sé para qué, si me acaba de decir que no valdrán de nada para mí si acepto ser su esclavo.
- Esto no es para verlo a la rápida en un cíber –me critica Aurelia molesta-. Te daré un ordenador portátil [10], investiga a fondo, piénsalo muy bien y espero tu respuesta mañana a las cuatro de la tarde. No me llames antes, porque estaré en Santiago, en una reunión con mi editora. Si no llamas asumiré que no aceptas el trato; si llamas enviaré a mi chófer a buscarte. Y en cuanto a Mine, no le digas ni una palabra de esto; al igual que el resto del mundo, no debe enterarse de nada. Oficialmente, serás mi nuevo asistente personal. Te recuerdo que juraste guardar en secreto esta conversación. Si no aceptas, sólo olvídalo todo y sigue con tu vida como si nada, ¿entendido?
- Sí, claro –respondo todavía bastante aturdido por esta extraña vorágine en la que de pronto me vi envuelto.
Pensaba encontrar un trabajo común, ¡y me encuentro con una propuesta totalmente atípica! Me parece estar al borde de una nueva, peligrosa y desconocida dimensión.
- Bien, entonces ya puedes irte –me autoriza Aurelia como si ya fuese mi dueña y presiona un botón del teléfono-. Lobo, ven aquí –llama.
En menos de diez segundos el tipo del traje beige entra rápidamente sin llamar a la puerta y se detiene a cierta distancia.
- Lobo, dale al señor Garib un ordenador portátil con conexión a internet y dile a Toro que lo lleve a su casa en el Dorado –le ordena Aurelia y noto que su tono imperioso es su sello personal para tratar a todo el mundo-. Dile también que de camino compre una pizza grande con bebidas y se la dé -me mira y agrega-, un obsequio para Mine, ¿puede comer pizza? –me pregunta con una súbita y cálida preocupación.
Vaya, de pronto regresa la joven generosa que pagó la clínica.
- Sí, le fascinan, muchas gracias –le respondo sin poder dejar de  preguntarme si es la misma persona que unos minutos atrás me hablaba fríamente de comprarme para que fuese su esclavo.
Aurelia hace un leve gesto con la cabeza, y Lobo (¿ese sería su nombre verdadero?), me habla con nueva y atenta solicitud:
- Por aquí por favor –su voz me confirma que es el mismo de las palabrotas por el intercomunicador del portero eléctrico.
- Hasta luego, gracias por recibirme y por todo –me despido de Aurelia, todavía muy abrumado. Ella sólo asiente con la cabeza, echándose atrás en el asiento.
Salí de ese estudio con la cabeza dándome vueltas, ya sin fijarme en la decoración ni en nada. Seguí a Lobo como un autómata. Abajo en la sala, tomó un maletín gris y me lo entregó, supuse que era el ordenador.
Luego salimos y Lobo se acercó a hablar con Toro (parece un cuento de animales). Toro, el chófer que conocí en la clínica, me lanzó una mirada fulminante, de seguro no le hizo gracia la orden de llevarme a casa con una pizza.
Toro desapareció hacia la cochera y a los pocos segundos regresó con un magnífico vehículo último modelo, de singular color dorado. Sus líneas de elegante diseño me hicieron mirar la parte delantera buscando la marca; ¡el escudo del toro dorado! Era un Lamborghini Sedan de cuatro puertas.
Cuando era niño tenía una colección de automóviles en miniatura, este era uno de mis favoritos, soñaba con conducir uno algún día, aunque al crecer me di cuenta de que mi sueño se quedaría en eso por nuestra complicada situación económica, pero ahora al menos viajaría en un Lamborghini.






[1]Es parte de la idiosincrasia chilena usar diminutivos para expresar cariño, como por ejemplo: hermanita, mamita.
[2]Aproximadamente 3.600 dólares.
[3]Furgoneta.
[4]Teléfono móvil.
[5]Currículum Vitae; hoja de vida.
[6]Maestras especialistas en educación infantil y preescolar, con estudios superiores, universitarios.
[7]Mancuernas, colleras; pasadores para sujetar los puños de las camisas.
[8]Treinta y seis mil dólares,aproximadamente.
[9]Doscientos dieciséis mil dólares.
[10]Notebook.

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